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   JOSÉ GARCÍA PERERA

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LA POÉTICA DEL MARGEN

 

La ciudad en la que he crecido guarda lugares maravillosos. Hay desguaces, astilleros, zonas industriales, y viejos barrios de casas derruidas. Exentos del aprecio popular, todos ellos quedan al margen de su vida bulliciosa, como si temíeramos que nos recordasen que todo cuánto creamos tendrá un final. Los márgenes de las ciudades se convierten en un mundo aparte que nos muestra la decadencia de nuestras obras y los aspectos menos complacientes de nuestra civilización. Arrinconada, la materia se agolpa, el metal se oxida en infinitos matices, la madera se pudre y se quema en un negro profundísimo, los muros se llenan de desconchones y grietas, de texturas inesperadas...Son los gestos del tiempo que, en su inevitable transcurrir, lenta y silenciosamente, se proclaman como el mayor enemigo de todo aquello que nos afanamos en construir, como si no pudiéran resistir la idea de dejar su huella en todas y cada una de aquellas cosas cuya autoría creemos que nos pertenece.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a interesarme por estos lugares: siempre he percibido en ellos un silencio denso, como si nunca nada hubiera pasado allí, como si la casa hubiera estado siempre en ruinas, o el coche nunca hubiera visto su capa  superficial vestida de un esmalte brillante. Todo cuánto se presenta a los ojos parece la imagen de algo eterno, que habita la tierra desde mucho antes que cualquiera de nosotros pisara el mismo suelo.. Sobre estos lugares pesa el silencio de la inactividad humana, sólo roto por el vagabundeo que vive en la chabola cercana, hecha de chapas y trapos, el ladrido de un chucho callejero, mis propios pasos....

Durante lardo tiempo he visto como el desguace de mi ciudad cambiaba continuamente: coches y camiones ca vez más deteriorados se apilaban unos sobre otros para luego desaparecer y dar paso a un nuevo grupo de vehículos, manchas de óxido ca vez más grandes, ramas y hojas verdes creciendo e invadiendo cada rendija entre las chapas....DESGUACE no es más que mi fascinación por esta visión, es el relato de los encuentros casuales con algunos de estos maravillosos fósiles de metal. Me gusta pensar que han aguantado largo tiempo en ese estado aletargado, cercano a la desaparición, hasta el momento en que se ha producido nuestro encuentro; cuántos habrán esperado en vano, cuántos lo estarán haciendo en este mismo instante. Son tesoros que he tenido la fortuna de encontrar en mis expediciones por lugares poco tramsitados, restos arqueológicos de un pasado tan cercano que los siglos no han tenido aun tiempo de enterrar. Podemos adelantarnos, encontrar en ellos la carga enigmática que el paso del tiempo de moemnto les niega, pero que en un futro debería concederles, ¿acaso era fascinante para un hombre primitivo la punta de su propia lanza? Manolo Millares, de cuya pintura tanto he aprendido, conservó siempre esa emoción por todo aquello inútil a los ojos de los demás. Su amigo José María Moreno Galván contaba cómo lo había visto," descubrir como un tesoro, un zapato viejo, moldeadfo y gastado por el uso... un cierto zapato viejo, con cierta forma...¡La huella de un semejante! No pudimos evitar que Manolo lo hiciese suyo y que casi pretendiese elaborar toda la vida del pie y de la persona que lo seguía..."

Reelaborar toda la vida del pie, reelaborar toda la vida del coche: ¿Que hay detrás de todos estos vehículos ya en la última etapa de su existencia? ¿Quienes los han manejado? ¿A qué lugares han viajado? Ahora, en su abandono, adquieren una entidad distinta, especial, una nueva vida, dentro de su propia muerte. Es la muerte de su utilidad, la muerte desde nuestro punto de vista práctico. Pero cuando su utilidad se va, su entidad crece, se convierten en estatuas silenciosas y pierden el vínculo con sus creadores. Ya no son obras del hombre, la naturaleza las hace suyas, como si hubiesen existido desde siempre. "Una vez acabado su ciclo de cosas destinadas al consumo, una vez convertidos en soberanamente inútiles, esos objetos , estos objetos, son en cierto modo redimidos de su inutilidad, de su "pobreza", incluso de su miseria y revelan su inesperada belleza". El tiempo las ha cambiado pero aún no las ha vencido.

  Porque siguen ahí, compartiendo nuestro espacio, sólo hay que detenerse a mirar.

 

 

                                                                                               José García Perera.

 




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